martes, 9 de diciembre de 2014

Manecillas desgastadas

La mayoría de los tweets que leo en mi cuenta me dejan indiferente. Por eso, aquellos en los que te paras y relees, son de los que siempre te acuerdas y  marcan un antes y un después en tu timeline. Es curioso como 140 caracteres pueden no aportar nada o resumir todo. A veces destapan la mayor de las mentiras, o de las verdades. Otros, erizan la piel. Algunos, pocos, dejan sin aliento.

Hoy me topé con uno de esos tweets que condensa todo lo que para mí tienen que tener las frases que marcan: sentimiento, alma, un azote que te lleva a dar un respingo en la silla.
El grave error de calcular el tiempo en reloj ajeno, despertar en la cama incorrecta y llamarle amor a la rutina. (Fran Mas @Fran_Mas_LCA)
Aunque para las dos últimas partes de esta afirmación llenaría unos cuantos folios, me quedo sin duda alguna con la primera. El grave error de calcular el tiempo en reloj ajeno.

¿Qué es el tiempo? ¿Quién lo marca? ¿Por qué? ¿Con qué finalidad? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Para quién? ¿Quién dicta los tiempos idóneos para hacer las cosas? ¿Qué poder tienen para ello esas personas? ¿Dónde está la tabla para medir si se hace de manera correcta? 

No tengo ni puta idea de la respuesta a ninguna de estas preguntas pero lo que sí tengo claro es que nadie -incluidos tú que lees este texto, y yo que lo escribo- tiene derecho a valorar el tiempo/los tiempos ajeno(s) ni usarlo(s) a su antojo sin tener en cuenta el preciado regalo que se le otorga.

Soy lenta en mis tiempos. Lo reconozco. Al menos para las cosas importantes.

Necesito mucho tiempo para creer de verdad, para entregarme, para ser leal.

Necesito tiempo para confiar, o dejar de desconfiar.

Necesito tiempo para enamorarme y desenamorarme (más lo primero que lo segundo).

Necesito quizá más tiempo de lo normal para olvidar, sobre todo las cicatrices, o aprender a vivir con ellas, como quien vive en una casa encantada con un eterno fantasma que le despierta por las noches.

Necesito tiempo para tomar decisiones, para asumir sus consecuencias.

Necesito tiempo para analizar lo rápido que cambian las cosas a mi alrededor y entender los porqués.

Necesito más tiempo de lo habitual para asumir mis errores y también para disfrutar de mis aciertos.

Necesito más tiempo para asimilar el éxito y digerir el fracaso.

Y quizá lo que necesito es darme cuenta de que mi reloj, el único que puede manejar mi tiempo, se ha parado. Las agujas han dejado de marcar y el fallo en el mecanismo no sé cuál es.

Quizá solo haga falta darle cuerda para volver a marcar el ritmo. Para volver a impulsar las manecillas y que éstas suenen al compás de la mayor de las verdades y el más rotundo de los tweet: 

NO PIERDAS MÁS EL TIEMPO

lunes, 24 de noviembre de 2014

Sensaciones

Es esa sensación de estar inmerso en el agua y no hacer pie
que tu boca apenas llegue a tomar oxígeno.
Es ese pataleo para mantenerte a flote
ese movimiento de manos torpes que no sabes si quieres dar.
Es querer salir, secarse y resurgir
es no tener fuerzas ni para saber cómo.

Es, otra vez, esa sensación.

Cada cual compra el cariño del resto como sabe. Y al final, la mayoría de las veces, la intimidad es algo artificial que construimos a base de ceder pedazos de parcela que sacrificamos para combatir a la soledad.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Carreras

El segundo puesto en una carrera es quizá la mayor de las derrotas. Un optimista, y hay días en el que todos lo somos, diría que sí es un triunfo, una muestra de que es posible que la próxima vez se cumplan nuestros objetivos y lleguemos a la meta siendo aquellos que notan cómo la cinta se parte en el abdomen a nuestro paso.

Los que miran el vaso medio vacío convierten esa medalla de plata en un fracaso, en un premio de consolación a eso que tanto ansiaban. Ven desolados a otras personas llevándose eso que tanto se quiere, que tanto se necesita, pensando sin cesar en la sensación tan placentera que sería poder saber qué se siente siendo victorioso, teniendo en su pecho el trofeo que tanto se anhela.

Hoy me siento un poco segundona. Con el run run de quien sabe que podía haber dado más de uno mismo pero que se siente sin ideas y sin fuerzas para conseguir sus objetivos. Sabiendo que hoy, alguien disfruta del premio de una carrera por el que luché pero que nunca fue mío.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Hasta siempre

Un pasillo con el suelo de terrazo en color gris. Un salón al fondo. Un sofá de cuero rojo. La abuela cambiando el canal de la tele. Tú hablando de tu Atleti.

Un parque. El de Pradolongo. Un banco. Unas pipas de calabaza. Un balón de fútbol. Tu inconfundible forma de llamarme 'niña'.

Un restaurante. Una comida familiar. Primos, tíos, nietos... Risas y lágrimas de emoción de estar todos juntos. Tú siempre, tan fuerte y tan frágil. Tan duro y tan sensible. Tan tierno... tan tierno.

Es curioso como la muerte devuelve a la vida recuerdos olvidados. Como si de un resorte se tratase, saltan a la cabeza imágenes, palabras y olores al mismo tiempo que se cierra la tapa de un ataúd.

Hoy es uno de esos días en los que te arrepientes de no haber estado más, de no haber aprovechado más cada momento, de haber permitido que la vida a veces solo nos conectara por teléfono.

Hoy te echo de menos. Echo de menos cogerte la mano, escuchar la crónica del partido del Atleti contigo. Ese Atleti que ahora siempre gana, no como cuando ibas al Calderón. Echo de menos que te metas conmigo mientras huele al bizcocho de la tía en la cocina. Echo de menos como, aun estando destrozado por dentro, siempre sacabas el lado positivo de la vida y te mostrabas más preocupado por los problemas y la vida del resto que por ti.

Pero, sobre todo, echo de menos no tener la oportunidad de decirte que te quiero. Y es que hoy me he dado cuenta de que quizá nunca te lo dije.

Hay gente que no debería irse jamás. Dejas un hueco enorme, tan grande como tu corazón y tu coraje. 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Música

A veces la música tiene licencia. 
Licencia para dolerte por dentro,
para acariciarte el alma. 
A veces te baja las sábanas sin pedirte permiso, 
sin saber hasta dónde ni hasta cuándo.
A veces la música te escuece dentro, 
y otras se convierte en magia. 
Porque hay quién sabe ser magia
aunque nunca llegue a saberlo

viernes, 5 de septiembre de 2014

Cobarde

En la Real Academia de la Lengua aparece junto a la palabra cobarde la siguiente definición: Pusilánime, sin valor ni espíritu. Hecho con cobardía.

Hoy alguien me dijo que yo soy cobarde. Yo pregunté, pedí sinceridad, y ante mi pregunta de si soy una cobarde, la respuesta fue sí.

Es curioso cómo aquellas respuestas que ya sabes que vas a recibir, se te cuelan dentro. Se adosan entre los músculos y la piel y te recorren por dentro como una descarga eléctrica. Una electricidad que se conecta con otros órganos del cuerpo de manera inmediata provocando acciones previsibles.  Son las obviedades de un cuerpo humano tan complejo como extraordinario.

¿Soy una cobarde? Supongo que sí si esa es la imagen que el resto ve de mí. Si ve falta de recursos para enfrentarme a según qué situaciones o si no tomo las decisiones que supuestamente debería tomar.

Sin embargo, la cobardía o mejor dicho, la valentía es excesivamente complicada de gestionar cuando choca con el mayor de los vínculos que nos da la condición humana. Ese que te hace estar unido a alguien por siempre, para siempre, pase lo que pase, quieras o no. Esa relación que se crea al nacer y que ya es imposible de romper. El vínculo de la sangre. Y éste se mantiene por siempre, con la misma intensidad, tanto de arriba abajo como de abajo arriba.

¿Es la valentía/cobardía compatible con ese vínculo máximo? Lo que es indudable es que es complicado tomar según qué decisiones cuando lo que está en juego no solo eres tú, sino algo que está por encima de todo lo demás. La sangre, quien te la dio y la renuncia a ello, con las consecuencias que conlleve y el dolor que genere todo eso. 

Sí, soy una cobarde. Pero a veces es complicado dejar de serlo.